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Doble crimen en Villa Mercedes: tras apuñalarlas, taparon los cuerpos con una colcha, una frazada y hasta pilas de ropa doblada

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La fiscal relató que Axel Crisito y Dayana Peralta habían preparado una mochila con ropa, pero se vieron obligados a huir, dejando sus documentos y hasta el cuchillo que usaron para los asesinatos, cuando oyeron las sirenas de unos patrulleros.

Las apariencias engañan, dicen. El mediodía de este martes Axel Emiliano Crisito y su novia Dayana Macarena Peralta fueron imputados formalmente por asesinar con saña y alevosía, sobre seguro, a Vanesa Zanni y a su hija adolescente Tatiana, las personas que les habían abierto las puertas de su casa, cuando más lo necesitaron, en definitiva, quienes los habían cobijado cuando no tenían dónde ir.

Cuando la jueza de Garantías 3, Natalia Cardini Pereira, les explicó por qué estaban ahí reunidos, en esa sala de los tribunales de Villa Mercedes, les habló con el tono de una maestra jardinera. Fue muy pedagógica, quería que ambos entendieran todo el proceso judicial que estaba a punto de iniciar. Les preguntó sus nombres completos, sus fechas de nacimiento, sus domicilios, los nombres de sus padres, entre otros datos. El timbre de la voz del hombre de 25 años era casi la de un chico, tímida, apenas si podía oírse. Dijo que no sabía ni leer ni escribir, pero sabía firmar y había ido hasta el Primer Año de la secundaria.

La voz de la joven de 21 años era directamente la de una niña. «¿Sabe leer y escribir?», le preguntó la magistrada. «Más o menos», respondió ella, con un acento inocentón. Contestaron que a él lo llaman «El Negro» y a ella «Princet» o «Fifi». Él estaba tieso como la columna de una iglesia y ella, miraba hacia atrás, hacia arriba, a los costados, ojeaba un documento que tenía su defensora como si fuera una edición de la revista Gente, pero que no se detenía a leer ni una palabra, solo a pasar páginas para matar el tiempo. Parecía que no tenía ni la más remota idea de la gravísima razón por la que estaban ahí ella y su pareja en ese edificio y el futuro que les puede deparar.

Pero los pasillos y las salas del Poder Judicial no son sitios totalmente desconocidos para ellos. Peralta ha estado ahí antes por una causa en el Juzgado de Familia, aquella que definió su guarda temporal a Zanni. Crisito, en cambio, conoce o, al menos, experimentó alguna vez un proceso penal. En una ocasión lo detuvieron por robo, le comentó una alta fuente a esta periodista, quien calificó al hombre de «peligroso», en el sentido de que es alguien que nunca se sabe cómo va a reaccionar, por lo que es mejor mantener distancia y mucha.

Esa apreciación se queda un poco corta al lado de la hipótesis a la que arribaron la fiscal instructora 5, Gisela Milstein, y su adjunta Mariana Olguín. En el relato sobre cómo fueron asesinadas la mujer de 45 años y su hija, de apenas 13, y la manera en que los presuntos asesinos actuaron después no encajan para nada con esas vocecitas cuasi infantiles. A Zanni la apuñalaron 70 veces, cuando estaba dormida. A la adolescente le dieron 66 estocadas, también cuando descansaba. Luego cubrieron un cuerpo con una colcha y al otro con una frazada, a la que encima le colocaron dos pilas de ropa perfectamente plegadas, como si las hubieran sacado de un ropero. Ambos homicidas terminaron huyendo en medio de las malezas de los baldíos del barrio San José, muy próximos al Río Quinto, en la negritud de la noche, como si fueran animales. Claro, les había entrado el apuro cuando sintieron las sirenas y vieron las azules luces de las balizas de un par de patrulleros.

Milstein inició su exposición anunciando que les formularía cargos a Crisito y Peralta por el delito de «doble homicidio doblemente agravado por alevosía y ensañamiento». Relató que desde la tarde y hasta la noche del miércoles de la semana pasada, las víctimas y los acusados habían estado en lo de Julieta Curti, la mejor amiga de Zanni, quien vive a solo cuatro cuadras del domicilio de las personas asesinadas. Cenaron y estuvieron allí hasta la 1:30 del jueves. Luego los cuatro regresaron a la vivienda de la mujer y su hija.

Zanni se acostó en su dormitorio y su nena también se fue a su habitación. Descansaba, pero no dormía. «Se estaba mensajeando con su mejor amigo», indicó la fiscal, un chico al que la adolescente quería tanto que lo tenía agendado como «hermanito» y se escribía con él todos los días. El último mensaje que ella le envió a su amigo fue a las 3:50. De ahí en adelante, la jovencita jamás volvió a responderle la andanada de chats que le mandó el chico. Suponen que alrededor de esa hora fueron asesinadas.

La primera en ser atacada, refirió Milstein, fue Zanni, quien no ofreció ninguna resistencia porque la apuñalaron mientras estaba sumida en un sueño profundo. Luego fueron hacia la pieza de la menor de edad. Ella no dormía, al ver a Peralta y Crisito, uno de ellos con un cuchillo que goteaba sangre, trató de protegerse, quizás tapándose el rostro con los brazos o intentando quitarse de encima el arma blanca. «Por eso su cuerpo presentaba algunas heridas de defensa y el de su madre ninguna», aclaró la representante del Ministerio Público Fiscal (MPF).

La autopsia reveló que la adolescente tenía 66 heridas punzocortantes y la mujer, 70. Murieron a causa de la gran cantidad de sangre que perdieron; «un shock hipovolémico», como consignó la forense Alba Pereira. Se trata de un tipo de muerte muy cruenta, que somete a la víctima a un sufrimiento extremo, porque el deceso no es instantáneo sino que esa hemorragia incontrolable, si bien se produce en minutos, cada segundo es un eterno calvario y el dolor persiste con fuerza hasta que la falta de sangre, en el sistema circulatorio, hace que el cuerpo colapse y produzca un paro.

«Es imposible que una sola persona cometiera esos hechos, al menos dos debieron actuar para poder sostener y probablemente también actuando sobre seguro», remarcó la letrada. En ese punto de su relato, señaló que para llevar a cabo semejantes crímenes hubo un acuerdo previo entre los homicidas, una suerte de «reparto de tareas» para matar a las víctimas. «Crisito y Peralta, primero, atentaron contra la vida de Vanesa y actuaron sobre seguro porque la mujer estaba durmiendo y ellos eran dos. Era mucho más fácil asegurar su impunidad», resaltó. Uno de los victimarios la retuvo, mientras el otro la atacaba. La mayoría de las estocadas estaban en la región lateral izquierda del cuerpo, es decir, que le clavaron el cuchillo cuando «estaba acostada».

«Posteriormente atentaron contra Tatiana asestándole 66 puñaladas, también actuando sobre seguro, ya que estaba descansando, nunca se esperó que semejante hecho estuviera ocurriendo», contó. La adolescente tampoco tenía opción de defenderse, de salir con vida de allí, pues tenía adelante «a dos personas que, evidentemente, estaban de acuerdo para poder hacer este despliegue y estaban organizadas en su modo de accionar», sostuvo la fiscal.

A las 4:06 una vecina, que vive a unos 60 o 70 metros del domicilio de las víctimas, llamó al 911. Avisó que oía gritos, voces y a alguien clamando; «¡Soltame, no me pegues!». Su comunicación  con la Policía tuvo efecto y alrededor de las 4:30 llegaron un móvil del Comando Radioeléctrico y patrulleros de la División de Respuesta Inmediata Motorizada (DRIM). «Después de arrebatarles las vidas de esta manera feroz, con padecimientos inhumanos a esas dos personas que, no me voy a cansar de decirlo, fueron quienes los ayudaron a ambos, trataron de asegurar su impunidad», manifestó Milstein.

No lo hicieron de la manera más brillante. Cubrieron el cuerpo de la mujer con un acolchado y el de su hija con una frazada y dos pilas de ropa doblada. «Se debieron haber dividido las tareas», señaló. Pero la llegada de los móviles policiales los hizo acelerar todo, apresurar el paso. Los efectivos no se limitaron a echar un vistazo en un recorrido con las patrullas, sino que descendieron de sus vehículos y llamaron con palmas fuera de la casa.

«Ante eso, ellos (los acusados) se asustaron y se dieron rápidamente a la fuga», narró la funcionaria. En el apuro olvidaron la mochila que habían preparado, con ropa, un cuchillo, una linterna, ya que pensaban huir esa misma noche, y con toda su documentación, entre ella la tarjeta CIPE (Cédula de Identidad Provincial Electrónica) de Peralta y el documento de identidad de su pareja.

Escaparon y se perdieron en la oscuridad y las tupidas malezas de gran altura. «Se deben haber escondido en esa zona hasta que emprendieron la fuga», relató. Llegaron «haciendo dedo» hasta la Ruta Nacional 188, entre las localidades pampeanas de Quetrequén y Maisonnave, donde fueron ubicados y detenidos el domingo.

Para Milstein y Olguín está claro que en este doble crimen existió una división de tareas, basada en un acuerdo que planearon antes, dado que los asesinatos no pudieron llevarlos a cabo si no se hubiesen organizado de manera previa. Y lo peor de todo fue que hicieron sufrir a las víctimas hasta el último segundo de sus vidas. «Les infligieron padecimientos innecesarios, aumentando su dolor inhumanamente y ambos en pleno entendimiento de la criminalidad de sus actos», resaltó la fiscal para despejar cualquier duda que pueda sobrevolar o de la que se pueda valer la defensa, puesto que Peralta tiene un «leve retraso madurativo». Ese último punto la letrada lo argumentó con los hechos de que los imputados se tomaron hasta el trabajo de cubrir los cuerpos para asegurar su impunidad y darse a la fuga.

Cuando los policías del Departamento de Homicidios y las fiscales inspeccionaron el domicilio de Zanni, en el extremo sur de calle Leonismo Argentino, hallaron un escobillón con restos de sangre, que ya estaban secos y alrededor, en el suelo, más sangre, entre la que distinguieron la huella de la suela de un calzado. El dibujo rojo impregnado en el piso también se había secado. En la última habitación de un pasillo, que tiene la humilde vivienda, había un «bulto, tapado con una frazada y dos pilas de ropa». Cuando retiraron las prendas encontraron el cadáver de la chica, en avanzado estado de descomposición.

En otras partes de la casa, en el suelo, hallaron más rastros de sangre. En el extremo derecho de la puerta trasera de la vivienda había varios muebles, dos camas, una mesa y muchas cajas. Sobre esa pila de cajas encontraron «un cuchillo tipo pescador, con mango naranja» y en su hoja, de unos 10 centímetros, sangre. «Rápidamente se pudo presumir que se trataba del arma homicida porque los cuerpos presentaban múltiples heridas que eran de un arma blanca», detalló Milstein.

La escena era grotesca. El ambiente, el olor nauseabundo de los cadáveres que se descompusieron con mayor rapidez dado el calor de la semana pasada, solo el viernes la temperatura alcanzó los 36 grados y ese aire caliente se potenció en una precaria casa, con poca ventilación y un techo de chapa. Pero nadie salió más despavorida de ahí que Julieta, que fue quien los días previos trató de comunicarse varias veces con su amiga y el sábado, preocupada porque no sabía nada de ella, fue hasta su vivienda. Se arrimó a una ventana y sintió un olor putrefacto que quemaba las fosas nasales.

Eso ya le hizo pensar lo peor. Desesperada ingresó a la casa por el patio trasero y tan solo al asomarse a ese sector de la morada, que tiene suelo de tierra, pudo distinguir claramente a la distancia que en la habitación de Vanesa había un bulto, tapado con una frazada. En un costado sobresalía una mano y en otra parte pelos negros. Eran los inconfundibles cabellos, de color negro profundo, de su mejor amiga.

Fuente: el chorrillero